viernes, 30 de diciembre de 2011

SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100% PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL

SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100% PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL
POR Haruki Murakami

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante
barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su
ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de
recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de
los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una
“chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100%
perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho
y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de
tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una
buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en
terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto.
A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de
junto porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un
tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo
recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que
puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza.
Extraño.

-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de
sus ojos o el tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella
mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para
preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo
que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del
destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en
Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos
llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando
la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una
película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos
cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?

-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría
una línea como esa?

Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100%
perfecta para mi.

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera
hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la
chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto
para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería
en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos
años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La
acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con
ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre
blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a
alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche
escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.



Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho.
Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como
para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son
prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con
“Una historia triste, ¿no crees?”


Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho
y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era
especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y
una ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos
creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el
muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí,
creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida.
Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi,
exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y
dijeron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa
maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un
milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima
astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los
sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica:
Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100%
perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a
encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los
100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?

-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente
innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el
amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se
hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como
eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos
sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y
tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria
de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías
como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos
continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación
que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la
sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo,
sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces
de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De
hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún
el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para
empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la
chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del
barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el
centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló
tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y
supieron:

Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos
no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se
pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para
siempre.

Una historia triste, ¿no crees?

martes, 27 de diciembre de 2011

LA SOLTERA

LA SOLTERA

De Marco A. Almazán

Exigió primero, recién abandonadas sus trenzas y el uniforme faldilargo de colegiala, un príncipe azul. No un príncipe leucémico ni panista, no; sino uno que tuviese bosques umbrosos por donde pasear sus ilusiones y caballo blanco para cabalgar a través de sus sueños de doncella a punto de caramelo. Un príncipe esbelto y barbilindo, que poseyera castillos con enanos en las almenas, y reino pastoril con lagos de cristal verde, donde se deslizaran cisnes de grácil cuello en forma de interrogación. Ustedes saben las cosas con las que soñaban las quinceañeras de antaño.

Deseo más tarde, cumplida ya la mayoría de edad, un diplomático millonario y de bien delineado bigote, con el pecho cuajado de condecoraciones, que la luciera por cortes europeas y la colmase de joyas auténticas, y le tuviese limousine negro a la puerta de la embajada, con chofer japonés y criados de librea. Soñaba verse en recepciones suntuosas, disimulando tras unas copas de burbujeante champaña las sonrisas que le provocarían los discretos flirteos de Su Alteza Imperial, el príncipe heredero de Torlonia, o los piropos y las galanterías del director de Protocolo del Ministerio de Negocios Extranjeros de Pepeslavia.

Alrededor de los veinticinco años de su edad, pasadas ya las fiebres nocturnales, los arrebatos de llantina y las violentas agresiones a la almohada, considero que no le vendría mal un médico de solida reputación profesional y cuantiosos ingresos, con clínica propia y bien saneadas cuentas corrientes en diversas instituciones bancarias. Se vio asistiendo en Paris, Londres y Berlín, a congresos y simposiums sobre endocarditis supurada o heptalgias galopantes, tratada con respeto y deferencia por los graves colegas de su docto marido.

Transcurrieron cinco anos más. Y como el eminente y bien forrado galeno no apareciera, pensó que se conformaría con un funcionario de Hacienda, de raquítico sueldo oficial pero de sustanciosos ingresos adicionales por concepto de mandíbula alerta. Inclusive –considero estaría dispuesta a hacerse de la vista gorda si el tal ciudadano mantenía casa chica, como suelen hacerlo los de su gremio.

Mas el funcionario mordelón y de tendencias polígamas no llegó.

Con resignación espero a que se presentara un auxiliar de juzgado de paz, aunque fuera viudo y con hijos, y tuviera malo el aliento y fama de frecuentador de cantinas, con doctorado en el arte de jugar al dominó quince horas seguidas con los amigachos.

Pero tampoco apareció.

Anhelo después, con ansias ya mal disimuladas, un tendero español calvo y ventrudo, sin importarle la posibilidad de que la tratase mal y la pusiera a trabajar tras del mostrador; después, un músico de banda municipal, de nariz sanguinolenta, prometiendo no reparar en que alternase el soplido de la flauta con el de la botella ; luego soñó con un maestro rural, lleno de deudas y de agravios; con un repartidor de gas, prieto y malencarado, pero amante del hogar y de guisos caseros a base de molitos; con un burócrata de quinta, lleno de años y de achaques, con bufanda al cuello y dedos amarillos de nicotina; con un comerciante en granos, aunque llevara muestras de su mercancía en la cara; y hasta con un policía de transito de cabecera de municipio, a quien tuviera que remendarle el desteñido uniforme y soportarle las agresivas melopeas del sábado por la noche. En estas angustiosas esperas se le fueron otros diez años de vida.

Y cuando quiso retirarse, traspasada ya la triste y climatérica barrera, hacia la sublime tarea de vestir santos., se encontró con que ya casi no hacia santos, pues la mayor parte habían sido dados de baja por las autoridades vaticanas desde hacía algunos años.

Fue una verdadera pena, porque no era fea, ni antipática, ni deforme. Lo que sucedió es que era tontita y siempre creyó en imposibles. De otra manera, le hubiera hecho caso al chaparrito aquel que la pretendió cuando tenía dieciocho años, pero al que desprecio por pobretón, por prieto y por eso, por chaparro. Ahora el muy bergante es secretario de Estado.

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del libro Cien Años de Humedad, ed. JUS