lunes, 23 de enero de 2012
EL CAMALEÓN - ANTON CHEJOV
miércoles, 11 de enero de 2012
Tachas-Efrén Hernández

jueves, 5 de enero de 2012
REALIDAD.
REALIDAD.
Era un #cuento de ficción. En él los buenos fracasaban, los abusivos eran ricos y los más malos tenían el sartén por el mango.
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DICTADOR.
Mensaje 1: Estaban los tomatitos muy contentitos cuando llevo el verdugo a hacerlos jugo. ¡Que me importa la muerte! dicen a coro, si muero con decoro con los productos del Fuerte...
Mensaje 2: Eres un tomate, espera tu turno.
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miércoles, 4 de enero de 2012
TRAGEDIA MITOLÓGICA-Marco Aurelio Almazán
lunes, 2 de enero de 2012
ANTEOJOS Y PALOMAS - Luis G. Urbina
ANTEOJOS Y PALOMAS - Luis G. Urbina
En la oficina donde estoy empleado, frente por frente de mi pupitre apolillado y de forma arcaica -potro de tormento de diez generaciones de infelices-, se abre una ventana, hermosa y amplia, que es la repartidora de luz y de alegría en el salón, húmedo, polvoso y tapizado de estanterías y legajos. Desde ella, cada vez que levanto la mirada, puedo ver un corredor cercano, cuyo pretil de mampostería sostiene una línea de macetas, una pared pintada de rosa en la que se destaca el verde fresco de las plantas florecidas, y en lo alto, un pedazo de cielo rasguñado aquí y allí por los alambres del telégrafo y las torres de fierro de los tinacos. Para mí, especialmente, la ventana es un cuadro animado que no deja de interesarme. Parece que escogí el sitio mejor y más conforme con mi temperamento, para vivir siete horas del día, entre guarismos. Mi trabajo consiste en formarlos sobre el papel, a manera de grandes batallones, y hacerlos evolucionar en ese campo blanco, y ejecutar con tal ejército las más difíciles maniobras. Doy un toque de atención y hago marchar las columnas de cifras... ¡tan, tan!, en interminable desfile. La labor, en fuerza de monótona, ha llegado a ser mecánica y aburridora; pero es preciso ganar el pan, y aquí me estoy, encorvado sobre expedientes y cuadernos, ordenando pelotones de números, haciendo largas sumas y multiplicaciones imposibles, en lucha perpetua con estas cantidades cuya significación y resultado no alcanzo, del mismo modo que el sargento no puede darse cuenta del plan de campana del general; ¡Ah!, si estos números fueran alguna cosa: objetos, monedas, bultos; y si me dijeran algo al pasar! Pero no. Conservan su misterio y rigidez: son imperturbables, son abstractos: uno, dos, tres, cuatro, cinco ...
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Luis G. Urbina nació en México el 8 de febrero de 1868 y murió en Madrid el 18 de noviembre de 1934. Poeta insigne, fue también un gran prosista, que por larguísimo periodo colaboró en la prensa diaria y en las principales revistas de su tiempo; romántico, artista delicado y sutil, si figuró en las filas del modernismo fue sólo para acendrar su lenguaje y lograr matices que enaltecen su obra. Los títulos de sus libros son: «Versos», «KIngenuasm», «Puestas de sol», «Lámparas en agonía», e «Antología del centenario», «La literatura mexicana», «Cuentos vividos y crónicas sonadas», «Psiquis enferma», «Hombres y libros», «El corazón juglar», «Los últimos pájaros», «Luces de Espanta» y «El cancionero de la noche serena».
viernes, 30 de diciembre de 2011
SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100% PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL
POR Haruki Murakami
Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante
barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.
A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su
ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de
recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de
los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una
“chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100%
perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho
y mi boca quedó seca como un desierto.
Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de
tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una
buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en
terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto.
A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de
junto porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un
tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo
recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que
puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza.
Extraño.
-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de
sus ojos o el tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.
Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella
mañana de abril.
Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para
preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo
que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del
destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en
Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos
llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando
la paz reinaba en el mundo.
Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una
película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos
cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.
La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.
¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?
-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?
No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría
una línea como esa?
Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100%
perfecta para mi.
No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera
hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la
chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto
para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería
en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos
años, y de eso se trata madurar.
Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La
acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con
ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre
blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a
alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche
escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.
Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho.
Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como
para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son
prácticas.
Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con
“Una historia triste, ¿no crees?”
Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho
y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era
especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y
una ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos
creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el
muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí,
creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.
Un día se encontraron en una esquina de la calle.
-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida.
Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.
-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi,
exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.
Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y
dijeron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa
maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un
milagro, un milagro cósmico.
Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima
astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los
sueños de uno se cumplen tan fácilmente?
Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica:
Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100%
perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a
encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los
100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?
-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.
Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.
Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente
innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el
amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se
hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como
eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos
sin piedad.
Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y
tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria
de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías
como la alcancía del joven D. H. Lawrence.
Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos
continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación
que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la
sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo,
sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces
de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De
hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún
el 85% del amor.
El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta
Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para
empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la
chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del
barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el
centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló
tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y
supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.
Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos
no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se
pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para
siempre.
Una historia triste, ¿no crees?
