lunes, 23 de enero de 2012

EL CAMALEÓN - ANTON CHEJOV

EL CAMALEÓN. Hay quienes se transforman como por arte de magia. Un gran #cuento de ANTON CHEJOV >>> http://goo.gl/lPF1b

miércoles, 11 de enero de 2012

TATUAJE.
Pasó hace varios lustros y aún retumba en mi cabeza todos los días: los pingüinos marinela con sabor a chocolate dame una probadita -- sesorias (@sesorias)

Tachas-Efrén Hernández

¿Dudas?, Confundido o divagando. No todo es lo que parece, si no me crees relee el Tachas-Efrén Hernández >>>

jueves, 5 de enero de 2012

REALIDAD.

REALIDAD.
Era un #cuento de ficción. En él los buenos fracasaban, los abusivos eran ricos y los más malos tenían el sartén por el mango.

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DICTADOR.

Mensaje 1: Estaban los tomatitos muy contentitos cuando llevo el verdugo a hacerlos jugo. ¡Que me importa la muerte! dicen a coro, si muero con decoro con los productos del Fuerte...

Mensaje 2: Eres un tomate, espera tu turno.


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miércoles, 4 de enero de 2012

TRAGEDIA MITOLÓGICA-Marco Aurelio Almazán

TRAGEDIA MITOLÓGICA-Marco Aurelio Almazán

-¿Que ha sido? ¿Macho o hembra? -preguntó resoplando el nervioso y primerizo padre, que llevaba horas de aguardar en los interminables pasillos de la maternidad del Monte Olimpo.
-Macho -balbuceó el médico, un poco cabizbajo-.Sólo que...
-Sólo que ¿qué? -volvió a preguntar el neófito, con un hilo de voz en que apuntaba la histeria.
El tocólogo decidió no andarse por las ramas. Después de todo, el no era responsable de estos fenómenos genéticos que a diario se daban en la Grecia clásica.
- Mire -abrió los brazos-, para que vamos a engañarnos.
Es macho, pero un poco raro.
- ¿Nació sin atributos masculinos? -alzó una ceja el padre.
-Todo lo contrario.
En ese respecto está muy dotado por la naturaleza. Estupendamente bien dotado. Y la madre se encuentra en perfectas condiciones.
Luego, falsamente jovial, le dio unas palmaditas en la testuz a su interlocutor.
-Pase, pase a verlos.
Con la mirada turbia y recelosa, el nuevo padre se adentró en la habitación.
- ¿Eres tú, Cornelio? -preguntó desde un rincón lo joven madre, con un susurro quejumbroso.
Cornelio permaneció mudo durante unos instantes, mientras sus ojos se habituaban a la penumbra.
Después, lo que vieron le dejo anonadado.
Un furor ciego recorrió su cuerpo tenso y musculoso.
-Pero Eleuteria, desgraciada, ¿qué es esto? -borboteó iracundo, señalando el cuerpecito aun húmedo del recién nacido.
-Nuestro hijo...-repuso la recién parida un poquito asustada.
- ¿Nuestro? ¿Te atreves a decir que ésto es nuestro, mala pécora?
Cornelio se acercó y zarandeó violentamente a la casquivana Eleuteria.
-Cuidado, que se me va la leche...-gimoteó ella.
-Lo que se te va a ir es el alma -continuó él, maltratándola de palabra y obra-. ¿Te das cuenta de la chunga, mofa y befa de que voy a ser objeto en toda Grecia y en las islas del mar Egeo? ¿Con que cara voy a salir por los campos del Peloponeso a pasear ese engendro? A ver, dime, dime, idime!
-Cornelio -reculó Eleuteria-, amor mío, lo juro que debe haber sido un salto atrás generacional, como los que se dan a veces.
El furibundo Cornelio le soltó una coz en la boca.
- ¡No jures en vano, so hetaira! -bramo ofendido-.En mi familia nadie ha saltado hacia atrás.
¡Todos saltamos hacia arriba y adelante !
-Bueno, basta ya, so echeverrista -se revolvió ella pasando a la ofensiva, como suelen hacerlo todas las hembras cuando se les atosiga demasiado-. Lo que sucede es que eres más racista que el futuro Hitler.
-Pues sí, soy racista. ¡Y a mucha honra!
-Pues entonces vete al cuerno, imbécil.
-Del cuerno vine y al cuerno voy -relinchó furibundo el presunto y efímero padre.
Después, dando un portazo, el unicornio salió de la habitación, cruzo el pasillo echando espuma por la boca, salió de la maternidad del Monte Olimpo y a galope tendido se perdió por esos mundos de Zeus.
-Cornelio…-todavía suplicó llorosa e inútilmente la bellísima y ligera de cascos yegua, enjugándose una lagrima.
Luego, con un suspiro enternecedor, se volvió hacia el pesebre donde yacía el pequeño centauro y comenzó a amamantarlo como si allí no hubiera pasado casi nada.

lunes, 2 de enero de 2012

ANTEOJOS Y PALOMAS - Luis G. Urbina

ANTEOJOS Y PALOMAS - Luis G. Urbina

En la oficina donde estoy empleado, frente por frente de mi pupitre apolillado y de forma arcaica -potro de tormento de diez generaciones de infelices-, se abre una ventana, hermosa y amplia, que es la repartidora de luz y de alegría en el salón, húmedo, polvoso y tapizado de estanterías y legajos. Desde ella, cada vez que levanto la mirada, puedo ver un corredor cercano, cuyo pretil de mampostería sostiene una línea de macetas, una pared pintada de rosa en la que se destaca el verde fresco de las plantas florecidas, y en lo alto, un pedazo de cielo rasguñado aquí y allí por los alambres del telégrafo y las torres de fierro de los tinacos. Para mí, especialmente, la ventana es un cuadro animado que no deja de interesarme. Parece que escogí el sitio mejor y más conforme con mi temperamento, para vivir siete horas del día, entre guarismos. Mi trabajo consiste en formarlos sobre el papel, a manera de grandes batallones, y hacerlos evolucionar en ese campo blanco, y ejecutar con tal ejército las más difíciles maniobras. Doy un toque de atención y hago marchar las columnas de cifras... ¡tan, tan!, en interminable desfile. La labor, en fuerza de monótona, ha llegado a ser mecánica y aburridora; pero es preciso ganar el pan, y aquí me estoy, encorvado sobre expedientes y cuadernos, ordenando pelotones de números, haciendo largas sumas y multiplicaciones imposibles, en lucha perpetua con estas cantidades cuya significación y resultado no alcanzo, del mismo modo que el sargento no puede darse cuenta del plan de campana del general; ¡Ah!, si estos números fueran alguna cosa: objetos, monedas, bultos; y si me dijeran algo al pasar! Pero no. Conservan su misterio y rigidez: son imperturbables, son abstractos: uno, dos, tres, cuatro, cinco ...

Por eso, la escapatoria de un instante, la repentina fuga de ese cuartel de operaciones, consuela un poco mi fantasía. Dejo de ser maquina por segundos, y torno a ser hombre: por veloces intermitencias, pienso, y, como el filosofo, me doy, cuenta de que existo.

De ordinario, al entrar por la mañana en la oficina, o por la tarde, cuando se va la luz y el salón se obscurece para impedirme trabajar, tengo más tiempo de que vuele hacia la ventana alguno que otro sueño impenitente y terco. A veces es preciso echar la persiana, porque el sol es muy insolente y me arroja a los ojos, para deslumbrarme, puñados de sus diamantes californianos, y el aire es muy travieso y se pone a jugar con mis papeles. A veces también me obliga a mis compañeros de presidio a cerrar la vidriera: mis compañeros, viejos asmáticos, jóvenes anémicos y algunos cuarentones egoístas que ya se hicieron el ánimo de pasarse la existencia enclavados en sendas sillas. Sin embargo, a través de los vidrios opacos y sucios, sigo, cuando quiero, contemplando mi horizonte. Le ponen cristal a la pintura como si fuera un cromo corriente: pierde algo de su carácter; pero todavía se la ve simpática, alegre sobre todo en tardes de lluvia, cuando los hilos de agua tejen en el viento sus caprichosas y sutiles encajes, y las gotas loquean y saltan al caer, como si tuviesen vida propia, haciendo mil ruidosas diabluras en los juncos colgados del muro, y en las flores, y en las hojas de las macetas. Mi cuadro tiene muy poco movimiento. Es un paisaje sin figuras. Suelen en un momento aparecer, por entre una mata de claveles o tras un penacho de margaritas, los semblantes cetrinos y vulgares de las muchachas indígenas que habitan en ese pequeño paraíso, plantado, para darnos envidia, frente a nuestro infierno burocrático. Pero son tan feas las pobrecillas -cabezas de ilustraciones de viajes al África- que, en lugar de aumentar, le quitan interés a la composición, y, a la vez que en ella se presenta, tal parece que algún irreverente y mal intencionado, emborronó con sepia aquellas figuras groseras con el propósito de deslucir la delicadeza del fondo. En cambio, cuando una veintena de palomas se para en el pretil de piedra y lo atraviesa de carreras y semivuelos, cualquiera, al verlo, diría que está mirando una linda acuarela. De buen tiempo a esta parte, las palomas han aumentado de un modo notable. ¡Qué sé yo! Se han reproducido o han venido de otros lugares, atraídas por la quietud y la frescura del corredor. Entre el refunfuño de los empleados que dictan cantidades o confrontan minutas, se oyen arrullos tristes, reclamos de amor y bulliciosos aleteos: -arias apasionadas, dúos encantadores que acompañan un coro de canónigos enronquecidos y soñolientos-. Las palomas no pueden vivir sin enamorarse, todo el día se cortejan: ellos son galanteadores de oficio, atrevidos, donjuanescos, románticos; ellas son tímidas y tiernas, con una sencillez voluptuosa, y una docilidad para las caricias verdaderamente conmovedoras. Aman para vivir, al aire libre, con unción, con recogimiento, olvidadas de cuanto les rodea, extáticas, como si estuviesen celebrando el rito de un divino culto. ¡Oh, aves de Venus! ...

Desde hace muchos días una pareja concibió un capricho extraño: anidar en éste salón polvoso, sobre la cornisa de un viejo estante, en el hueco que dejan dos montones de expedientes que suben hasta el techo como dos columnas de cartón amarillento. Una mañana abrí la vidriera y él, el enamorado, se coló de un vuelo en la oficina, salto de acá para allá, como buscando un sitio que le conviniese, se paró sobre los legajos, recorrió las estanterías y, en seguida, volvió a salir con una rapidez inesperada. Regresó acompañado. Veía con él una bella hembra, de blancura frágil y luciente, como de espuma de mar en plenilunio; le enseñó el hueco, la obligó, a fuerza de arrullos, a que lo escudriñara, le hizo juramentos, la sedujo con la ardorosa elocuencia de sus reclamos. Ella vaciló en un principio y al fin cedió a los ruegos; esponjándose en un estremecimiento de deseo, e inclinándose, clavo en su pecho de nieve el vivido coral del pico. A partir de aquel día, los dos amantes no cesaron de perturbarnos en nuestras labores; golpeaban los vidrios si la ventana estaba cerrada, picoteaban la persiana, y cuando abría yo, entraban sin miramientos, como en país conquistado, a decirse ternezas en el viejo estante, en el hueco sombrío de los montones de expedientes. Nos hicimos amigos. !Qué guapo era el seductor, y que bien ataviado con su manto de tornasoles a la espalda, como bordado de pedrería y armiñado el pecho en el que brillaba, como un toisón de esmeralda, el collar de plumas joyantes! Ella, toda blanca, de nieve inhollada, se sentía orgullosa de su príncipe. Cantaba, mirándole, con un ritmo suave, casi imperceptible, como si estuviese desfallecida de emoción. En las primeras mañanas, me irrité, lo confieso; me distraían con su alharaca de alas y arrullos aquellos recién casados; no oía bien las cifras que me dictaban los escribientes y equivocaba las sumas y las multiplicaciones. Más llegué a acostumbrarme con la ruidosa compañía. Mientras yo sumaba, dos y dos son cuatro, ellos se preguntaban la eterna pregunta: ¿Me amas? !De veras que estaban locos! !Eran extravagantes y exquisitos, y buscaban sensaciones raras, nunca sentidas, como los modernos refinados! Tenían espacio, sol, cielo, flores, y preferían éste salón triste, ese mueble apolillado, aquel rincón telarañoso y obscuro. Allá fuera trasciende a rosas; aquí huele a papel viejo, a ratones, a pobreza; el corredor es un pedazo de campiña; el salón es un cementerio de almas y de legajos. No obstante, ellos, a juzgar por sus aspavientos, encontraban el nido delicioso. Yo pensaba: si fueran golondrinas me lo explicaría, pero palomas...

Por supuesto que mis compañeros estaban furiosos. Algunos se levantaban irascibles, y con los plumeros de los escritorios o con proyectiles de papel asustaban a Julieta y a Romeo. A la pareja le importaba un bledo esta conspiración armada; ¡Bah!, tenían alas, y cuando mucho se fastidiaban con semejantes demostraciones de descontento, se iban golpeando el aire enrarecido de la oficina, a seguir en el pretil de piedra su dialogo shakesperiano.

Cerrábamos la ventana; pero, a poco, era necesario volver a abrirla, porque nos asfixiábamos en aquella atmósfera cargada, de miasmas y de guarismos. La ventana es nuestro único medio de ventilación. De modo que los enamorados regresaban con una terquedad irritante, sobre todo, para mis colegas, mis viejos colegas, habituados a no ser interrumpidos en su silencio de tumba ni en su actitud sedante de momias egipcias.

Cuando el reloj acatarrado -una antigualla llena de polvo, como las mesas, los expedientes y los estantes- estornudaba las seis, oiase ruido de cajones que se cierran, de sillas que se remueven, de manos que se frotan, de pies que andan; el momento extraordinario de la libertad, el minuto de crisis en que recobrábamos nuestra actividad y nuestra conciencia. Al estrépito inusitado, las palomas se escapaban con la alegría de los meritorios que huyen del encierro, y volaban con tanta satisfacción que, en muchas ocasiones, mientras cerraba yo la ventana, las vi perderse en el cielo de ópalo del crepúsculo.

Las consideradas camaradas mías: llegaron a imponérseme, a sugestionarme. Gustaba de verlas allí, porque encontraba en ellas una metáfora viviente de mis versos, los que anidaban también entre cuadernos de números, y que se sentían arrojados por burlas y sarcasmos, y provocaban las cóleras de los empleados cumplidos y serios ... Decididamente, las aves se adoraban cada vez mas; ya no salían de su rincón; ya casi no cantaban su estrofa de amor monótona y lacrimosa: por rareza interrumpían el silencio, y mis irascibles colegas las echaban, de seguro, en olvido. Pero una tarde, al salir, cometieron grandes delitos: probablemente fiadas en el compañerismo, se atrevieron a pararse en la mesa del jefe, a volar al ras del suelo por todo el salón, a volcar tinteros, a sacudir a aletazos cuadernos y libros, en un frenético aturdimiento, en una embriaguez alada, cuya causa parecía ser algo como un ciego pánico de pájaros asustado. El ansia de irnos nos impidió enojarnos: la escena se celebró con risas. Las palomas salieron al cabo, hasta pararse a lo lejos, en el travesaño de una torre de hierro. Todos nos fuimos de prisa; digo mal, no todos; un vejete bilioso, una momia egipcia, se quedo a componer su mesa, sobre la cual el tintero derramado había pintado un soberbio atlas en la blancura del papel...

A la mañana siguiente, al penetrar en el salón, noté que la ventana ya estaba abierta. ¡Qué raro!, yo era el que siempre me ocupaba en eso.. .

El vejete, sentado frente a su pupitre, admirablemente arreglado, me contó sonriendo la historia: Llego temprano, apoyo, la escalera sobre el estante, subió, hizo una trampa de expedientes, una ingeniosa trampa, un voluntario y rápido derrumbamiento, y abrió la ventana. Después, cuando llegaron Julieta y Romeo, se verificó la catástrofe. Solo el murió; más atrevido o más enamorado, entró él primero, y sucumbió en su audacia. Ella huyo, impulsada por el instinto... Mi compañero sonreía: dentro de los vidrios de sus antiparras fosforecían sus pupilas vengativas...

De entonces acá han cesado los arrullos en la Oficina de la Estadística Fiscal. Ya no hay palomas en el corredor: las han prohibido.

Algunas veces, recuerdo a los amantes infortunados y me pongo melancólico a ratos; no me atrevo a asegurar que triste, porque... ¿Qué va a decir el ministro cuando sepa que un empleado de la Estadística se pone triste con la muerte de una paloma?

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Luis G. Urbina nació en México el 8 de febrero de 1868 y murió en Madrid el 18 de noviembre de 1934. Poeta insigne, fue también un gran prosista, que por larguísimo periodo colaboró en la prensa diaria y en las principales revistas de su tiempo; romántico, artista delicado y sutil, si figuró en las filas del modernismo fue sólo para acendrar su lenguaje y lograr matices que enaltecen su obra. Los títulos de sus libros son: «Versos», «KIngenuasm», «Puestas de sol», «Lámparas en agonía», e «Antología del centenario», «La literatura mexicana», «Cuentos vividos y crónicas sonadas», «Psiquis enferma», «Hombres y libros», «El corazón juglar», «Los últimos pájaros», «Luces de Espanta» y «El cancionero de la noche serena».

viernes, 30 de diciembre de 2011

SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100% PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL

SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100% PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL
POR Haruki Murakami

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante
barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su
ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de
recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de
los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una
“chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100%
perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho
y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de
tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una
buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en
terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto.
A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de
junto porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un
tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo
recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que
puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza.
Extraño.

-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de
sus ojos o el tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella
mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para
preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo
que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del
destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en
Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos
llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando
la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una
película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos
cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?

-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría
una línea como esa?

Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100%
perfecta para mi.

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera
hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la
chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto
para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería
en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos
años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La
acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con
ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre
blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a
alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche
escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.



Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho.
Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como
para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son
prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con
“Una historia triste, ¿no crees?”


Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho
y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era
especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y
una ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos
creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el
muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí,
creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida.
Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi,
exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y
dijeron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa
maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un
milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima
astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los
sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica:
Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100%
perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a
encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los
100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?

-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente
innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el
amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se
hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como
eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos
sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y
tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria
de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías
como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos
continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación
que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la
sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo,
sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces
de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De
hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún
el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para
empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la
chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del
barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el
centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló
tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y
supieron:

Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos
no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se
pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para
siempre.

Una historia triste, ¿no crees?